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Daniel Innerarity nasceu em Bilbao em 1959. Atualmente
é professor titular de filosofia na Universidadede
Zaragoza. Doutor emFilosofia pela Universidade
de Navarra, ampliou seus estudos na
Alemanha (como bolsista da Fundação
Alexander von Humboldt), Suiçaa e Itália.
É autor dos libros "Praxis e intersubjetividad",
"Dialéctica de la modernidad",
"Libertad como pasión", "Hegel
y el romanticismo", "La irrealidad literaria",
"La filosofía como una de las bellas
artes" y "Ética de la hospitalidad".
Traduziu para o espanhol poetas e filósofos
do romantismo e do idealismo alemão, como
Hölderlin, Schiller o Fichte e pensadores
contemporâneos como Spaemann, Marquard,
Koselleck e Blumenberg. É colaborador de
opinião do El País e El Correo.
Em 2005, obteve o III premio de ensaio Miguel
de Unamuno com o livro "La transformación
de la política". A entrevista, realizada
por e-mail.
Entrevista
com Daniel Innerarity
1. Nem todo filósofo é escritor,
assim como nem todo escritor faz filosofia, mas,
o que dizer do filósofo que não
faz bom uso da palavra escrita? É possível
dissociar o produzir filosofia de uma preocupação
estética?
El
taller del filósofo es el lenguaje. A mi
juicio, no existe oficio filosófico sino
como elaboración de textos, es decir, de
proposiciones, metáforas y argumentos escritos.
En esto no soy nada platónico. La forma
escrita proporciona al filósofo una libertad
que la conversación sin más no permite.
El pensamiento tiene que medirse con el lenguaje;
en él ha de encontrar su propio ritmo,
su propio movimiento. Pero, al mismo tiempo que
se libera de la inmediatez gracias a la escritura,
esto supone una severa disciplina. En todo es
útil imponerse obligaciones. Los filósofos
encuentran en el pensamiento un terreno de combate
similar al de los poetas cuando eligen la rima
con la que deben luchar si quieren expresarse.
Para nosotros también es válido,
por analogía, el consejo de Paul Valéry
de escribir sonetos para aprender a escribir en
general. ¿Qué puede aprender un
filósofo que se disciplina para la expresión
escrita? Lo que se aprende es que las formas de
la escritura son generadores de pensamiento y
poesía que sólo dominan los que
no tienen miedo a dejarse deteminar por su propia
dinámica. Se aprende algo que no se sabe
en qué acabará. Se aprende algo
que, como decía Adorno de la creación
artística, consiste en "hacer cosas
de las que no sabemos cómo son". Por
eso la ignorancia pertenece con toda propiedad
al saber filosófico. Sólo un diletante
tiene un sistema. Sólo él puede
decir siempre lo que sabe y saber lo que dice.
La filosofía es algo muy distinto. Todos
los grandes textos de la filosofía lo son
por haber perdido el control de sí mismos.
Del mismo modo que la rima es terrible si el poeta
no es bueno, el sistema también es terrible
cuando el filósofo no piensa bien. Pensar
mal significaría algo así como no
ser capaz de renunciar a la perfección
de haberlo dicho todo, no haber omitido nada,
de tener toda la razón o abarcar todas
las perspectivas posibles. Esto es un sistema
en el peor de los sentidos. Los epígonos
tienen los sistemas que los grandes pensadores
habían soñado.
2. Entre as suas linhas de investigação
encontra-se a de uma "filosofia da literatura",
em que a literatura pode contribuir como um sistema
de conhecimento (strictu senso) filosófico?
Con
todo lo que se ha escrito estos años acerca
del tema ya estamos en condiciones de hacer alguna
que otra precisión. Tal vez lo primero
que ha de advertirse es que la cercanía
de la filosofía a la literatura no nos
pone las cosas más fáciles a los
filósofos, sino más difíciles.
De entrada, parece una licencia para simplificar,
ahorrarse argumentos y la confrontación.
Pero habría que tomarse el asunto con la
máxima seriedad. Hay un criterio en el
que debería medirse el valor de las obras
filosóficas: ¿alcanzan el nivel
en el que la literatura y el arte han situado
los problemas? ¿Se reconoce en las obras
filosóficas un eco de la complejidad con
que las artes orquestan el drama del mundo humano?
Si no, el acercamiento de la filosofía
a la literatura es mera comodidad. Por supuesto
que la filosofía es un asunto de expresión
e imaginación. Pero centrarse en sus cualidades
literarias es un honor excesivo. En la literatura
todo decir está en función de un
mostrar; en filosofía es exactamente al
reves: el mostrar remite al decir, la expresión
se debe al contenido proposicional. Toda filosofía
está condenada a traicionar finalmente
la integridad literaria de los textos que ha producido.
Y es que únicamente es clarificador aquel
pensamiento que puede también ser dicho
con
otras palabras. El poema en cambio se desvanece
con la transcripción. Aquí hay una
diferencia que es infranqueable.
3. A mesma palavra pode ser metáfora
para a literatura e conceito para a filosofia;
o que a filosofia tem a aprender da metáfora?
La
pregunta acerca del valor cognoscitivo de la metáfora
tiene una actualidad que no se debe exclusivamente
a una coyuntura histórica favorable a echar
mano de instrumentos cognoscitivos menos convencionales
o a un descrédito generalizado de la razón.
Cabría pensar en la utilidad de la metáfora
como recurso alternativo a los procedimientos
racionales, pero de este modo dejaríamos
de ver su específica e intrínseca
racionalidad. La oportunidad de esta exploración
se debe también a que ha sido uno de los
ámbitos de conocimiento y expresión
menos favorecidos por estilos de pensamiento que
entraron en crisis hace tiempo. Pero esto no acierta
a explicar la riqueza de las metáforas
para el pensamiento. La pregunta fundamental sería,
a mi juicio: ¿Cómo es posible que
una utilización inadecuada del lenguaje
pueda formar parte esencial del lenguaje humano?
Pues probablemente la respuesta consista en que
la metáfora no es un mero factor de distorsión,
una anomalía semántica que amenaza
el orden del discurso literal, sino un factor
de reflexión por el que el orden del lenguaje
se refleja y recategoriza. En esta función
reflexiva la metáfora se puede convertir
en el núcleo de una ontología contemporánea
que haga justicia a la contingencia de sus categorías,
algo en la línea de la metaforología
de Blumenberg. Esta reflexión permite abandonar
la distinción tradicional entre discursos
literales y metafóricos. El discurso ‹también
el de las ciencias más austeras‹
no tiene por qué ocultar su propia metaforicidad,
como si supusiera un descrédito para su
rigor y reputación intelectual. Gracias
a la metáfora, por el contrario, el saber
puede obtener una capacidad inédita de
distinción y de racionalidad. Se sitúa
en condiciones de distinguir entre metáforas
que quiere y puede sustituir por otras y aquellas
que constituyen el trasfondo inevitable del pensamiento.
No hay peor ceguera para el pensamiento que el
desconocimiento de la naturaleza
de sus operaciones o la ocultación metódica
de su propia condición.
4. A figura do herói sempre foi
uma preocupação sua, em que personagens
como Mr. Teste (Valéry), Ulrich (Musil)
ou Zaratrusta (Nietzsche) representam o homem
contemporâneo? No aspecto racionalizante,
complexo, trágico?
Cada
vez me interesa más la figura del héroe
vulnerable frente al héroe activo, subrayar
el carácter "patético"
de nuestra condición. No existe algo así
como una acción pura. Este rasgo de nuestra
situación en el mundo se ilumina cuando
analizamos en qué consiste exactamente
nuestra finitud. ¿En qué medida
el mundo nos afecta en nuestro intento de vivir
una vida valiosa? ¿Hasta qué punto
dependemos de lo que está fuera de nosotros?
Decía Aristóteles que sin ser afectado
se puede ser inteligente, incluso un sabio contemplativo,
pero no, por ejemplo, tener benevolencia, valor
ni philía. Pero una larga tradición
plantea la excelencia humana como si fuéramos
de hecho seres invulnerables o como si el ideal
ético consistiera en conquistar esa invulnerabilidad.
Al héroe, propiamente, no le pasan cosas,
como el sabio platónico, al que no le ocurre
absolutamente nada; el hombre de bien es quien
menos necesidad tiene de los demás, sostiene
Platón. La profunda influencia de esta
manera de pensar nos ha acostumbrado a concebir
el valor como una dimensión incondicional,
inafectable por el mundo exterior, un reducto
de intención pura, por lo que nos sorprende
que la ética pueda tener algo que decir
a nuestras dimensiones más vulnerables
al cambio y la mudanza: el amor y la actividad
política, los sentimientos y las pasiones
que nos empujan hacia el mundo de los objetos
perecederos y nos ligan a él, colocándonos
ante el riesgo de la pérdida y del conflicto.
En este escenario frágil no somos sólo
agentes. Las tragedias han descrito la complejidad
de estas situaciones con una belleza que a veces
nos hace olvidar que forman parte de nuestra situación
cotidiana. El tema del héroe ha de ser
contrapesado con una teoría de la fortuna
y su papel irreductible en la conformación
de la vida humana y del valor, por lo que, frente
al intento de inmunizar la existencia frente a
las cosas que pasan, la ética debe buscar
una forma de racionalidad práctica que
apunte a un tipo de autosuficiencia propiamente
humana, o sea, finita y limitada. Esquilo parece
en este punto más razonable que Kant y
más cercano a la condición humana
que todos los ideales de autarquía. ¿Por
qué la vida buena debe excluir o minimizar
nuestros apegos más frágiles e inestables
y fomentar las ocupaciones más autosuficientes?
Y ese heroísmo es poco patético.
En el libro de Lessing Natán el sabio,
Recha, la hija adoptiva del anciano hebreo, se
pregunta si, para Moisés, ha sido más
difícil subir el Sinai al encuentro de
Dios y de su revelación o descender de
aquel monte para volver al llano, a la cotidianidad
y la miseria, después de haber vivido el
momento más sublime de su existencia, después
de haber visto y recibido la verdad. Moisés
que sube el Sinai, al encuentro de la epifanía
es un hombre que recorre un camino difícil
pero ilusionante, que se dirige hacia un instante
de plenitud. Con aquel objetivo, la andadura puede
ser pesada y vulnerable al error y las caídas,
pero ningún obstáculo rompe la tensión,
ningún error ahoga la vitalidad. Moisés
que desciende de la montaña es un hombre
que sabe que tiene a sus espaldas la plenitud
de la vida y que para él, en adelante,
sólo puede haber descenso; debe ser consciente
de que el hecho de haber tenido en sus manos las
tablas de la ley no basta para suprimir de un
golpe, con su mera presencia, el mal y la traición,
la oscura fatiga de vivir. Es más difícil
llevar la verdad al llano, sin perderla, que tocarla
un momento sobre la cima. La verdad no es suficiente;
debe hacerse vida. Casi todo lo humano se juega
en ese viaje de regreso, también una posible
formulación del heroísmo. La cuestión
del sentido de la vida se juega en el ámbito
la vida cotidiana.
5. Qual o papel da felicidade, do riso
e do cuidado em sua filosofia?
Felicidad.
Si la felicidad existe, ha de ser algo que supera
nuestras estrategias para alcanzarla, la propia
expectativa de felicidad. Por eso debe pensarse
siempre en relación con la fortuna. A este
respecto puede servir lo que Kant decía
de que para el hombre es imposible decir con exactitud
qué quiere propiamente. Muchos problemas
del concepto de felicidad como resultado de una
planificación exitosa se derivan de esta
dificultad que cada uno tiene para saber lo que
quiere aquí y ahora, en general y en concreto,
lo que estaría en condiciones de identificar
como la satisfacción de su deseo o de sus
aspiraciones. No podemos saber de una vez para
siempre lo que queremos. Hay incluso una forma
peculiar de felicidad que procede precisamente
de esta ignorancia. El juego, por ejemplo, vive
de la incertidumbre acerca de su curso. Por eso
también forma parte de la idea irrestricta
de felicidad la amenaza del fracaso. La idea instanteneista
de la felicidad desconoce el hecho de que la felicidad
también puede consistir en superar los
propios deseos de una manera inesperada. La felicidad
del momento es un motivo más para no considerar
que una vida buena es la realización de
un proyecto de vida completamente determinado.
Muchas veces son momentos de ruptura en la continuidad
de una vida previsible, de fractura de las expectativas.
La satisfacción de aspiraciones con frecuencia
trasciende las propias aspiraciones o les da un
curso inédito que no está en continuidad
con lo que queríamos. Proust denominaba
alegría extratemporal a esos momentos que
no se siguen de la temporalidad habitual en que
vivimos. En la repentinidad de su irrupción,
la felicidad muestra aspectos distintos de los
esperados o deseados; el deseo se cumple pero
no a nuestra manera y, a veces, resulta mejor
así. En ocasiones el acontecimiento inopinado
lo que hace es liberarnos precisamente de un deseo
del que éramos de alguna manera prisioneros.
Este es el núcleo de la teoría de
la voluntad de Schopenhauer: la felicidad como
distancia frente a la aspiración intencional
a la felicidad. Se trata de una felicidad que
sólo está al alcance de quien se
abre a las circunstancias que puedan suponer la
trascendencia del propio querer y los deseos.
La felicidad del momento imprevisto es una referencia
que nos disuade de valorar nuestra vida únicamente
de acuerdo con nuestros intereses dados, por muy
justificados que estén. Crea distancia
con respecto al modo de vida que nos conforma
en un tiempo determinado. Protege ese tipo de
libertad que confiere la posibilidad de corregir
y ser corregido en nuestro proyecto de vida. La
experiencia del momento contingente es un correctivo
de la tendencia rígida hacia la satisfacción
de los deseos anticipados, de esa aspiración
hacia la felicidad que no estaría abierta
a la riqueza de lo real, que se habría
encadenado a un plan preconcebido. La felicidad
episódica tiene un carácter extático,
un aspecto anárquico, que desequilibra
nuestra concepción de las cosas y el modo
de orientarnos en ellas. Podemos desear y querer
que nuestros proyectos vitales sean tales que
estén abiertos a tales momentos sobresalientes,
que rebasan afortunadamente lo previsto. Este
deseo abierto puede modificar la relación
que tenemos con nuestros propios proyectos y hacer
que adquiramos la capacidad y la disposición
necesarias para ser sensibles a los momentos que
superan o suspenden esa vida que habíamos
dirigido a determinados objetivos.
Risa
La utilidad de la risa para la filosofía
consiste en que es una celebración del
acontecer en su falta de necesidad. El humor,
el chiste y la ironía son un signo de pluralización,
de entrecruzamiento de mundos, normas y hábitos
diversos, cuyo contacto crea unas tensiones que
desatan la risa. El humor es un caso de reconocimiento
de la particularidad de todo discurso, conciencia
de una totalidad que no puede ser abrazada por
una razón omniabarcante. En el fenómeno
de la risa se reconoce la provincialidad de la
capacidad cognoscitiva; la razón concluyente
es reconducida a la región del entendimiento
finito. La comicidad enseña que la unidad
de esta razón no se puede reconducir a
una única perspectiva racional porque las
formas de racionalidad en las que se fundamenta
no son comprensibles sin el contraste con otros
procedimientos alternativos. El rendimiento cognoscitivo
del humor estriba en el hecho de que nos remite
a nuestra condición situacional y desinfla
la sublimidad universalizante. La risa es a menudo
producida por una confusión de juegos del
lenguaje; nos pone ante la vista una heterogeneidad
inadvertida, una incongruencia, una disparidad,
una perspectiva inédita, la precariedad
de toda protección, una contingencia, en
suma. Por eso sólo es capaz de reír
una conciencia flexible y ágil, capaz de
captar el contraste y la posibilidad de que las
cosas sean de otra manera o puedan discrepar de
su representación. La razón cómica
sabe al menos que no debe proporcionarse la cómoda
salida de un final feliz, una fácil
reconciliación. Gracias al humor, la razón
es capaz de establecer un pacto con las verdades
de la verdad. Racionalidad significa oposición
contra la falsa seriedad de una reconciliación
de las oposiciones.La
risa revela el carácter ilusorio de nuestra
estabilidad; se dirige principalmente contra lo
que es elevado y solemne. El sujeto ya no es aquel
cogito que constituía desde Descartes y
Leibniz un punto de apoyo irremovible, y al que
Kant y Fichte habían dotado de una identidad
intemporal. La autoconciencia aparece más
bien como un escenario de la experiencia de la
contradición entre una infinitud pretendida
y una finitud inesquivable. Precisamente nuestra
temporalidad es expresión de la disarmonía
de nuestro ser y nuestra realidad. Estas son las
dos características fundamentales de lo
ridículo: una de sus condiciones de posibilidad
es la constitución ex-tática del
yo temporal, que debe vivir distanciado de sí
mismo, abierto pues al contraste cómico.
Y supone también la precariedad del fundamento,
la fragilidad de sus aseguramientos, que es la
contrapartida de esa dimensión de la libertad
que debemos a nuestra inconsistencia. En aquella
propiedad difusa que Musil llamaba el presentimiento
del poder poder ser de otra manera se encuentra
el fondo inagotable de la inquietud, la esperanza,
la libertad y el humor.
El
hombre es cómico porque pertenece a diversos
niveles de la existencia al mismo tiempo. Un sujeto
que no viviera en momentos diversos ‹niveles
de la realidad, culturas, contextos‹ no
podría entrar en el tenso espacio de cuya
distensión surge la risa. Si la identidad
de los sujetos fuera compacta, el tiempo les sería
algo extraño. Una cosa que se agota en
ser lo que es no puede ser cómica. Sólo
se ríe un ser que está más
allá de su propia objetividad y, por consiguiente,
distanciado de sí mismo.
Cuidado
Escribí mi libro "Ética de
la hospitalidad" desde la sensación
de vivir en un momento cultural atravesado por
el conflicto entre los imperativos de la modernización
y el crecimiento, por un lado, y, por otro, las
exigencias de una ética de la salvaguarda,
el cuidado y la protección. Ante la experiencia
de la fragilidad general del mundo, asistimos
al nacimiento de una poderosa sensibilidad en
favor de la solicitud, que se esfuerza en frenar
las fuerzas de la destrucción, de la negligencia
y de la modernización a ultranza. La fragilidad
comienza por uno mismo, por un sujeto que se siente
menos protegido, más expuesto a la perplejidad
y al desarraigo en sus múltiples formas.
El miedo a convertirse en un desheredado parece
haber sustituido al entusiasmo por una ruptura
con el pasado que caracterizaba a otras épocas.
La suma total de los esfuerzos gastados en transformar
el mundo, por construir de nuevo y empezar desde
el comienzo, es inferior a la que los hombres
consagran a las tareas de reparación. Después
de los constructores y los revolucionarios, son
los cuidadores quienes parecen llamados a gobernar
una nueva época histórica. La célebre
tesis de Marx podría actualmente ser formulada
en estos términos: los revolucionarios
se han dedicado a transformar el mundo; ahora
se trata de conservarlo. El deber de los individuos
no consiste entonces en defenderse contra la sociedad,
sino defenderla, cuidar un tejido social fuera
del cual no es realizable su identidad. Se podría
definir el espíritu de estos últimos
años como la creciente toma de conciencia
de la fragilidad del mundo civilizado. Se ha convertido
en lugar común, en experiencia general
y cotidiana, aunque en un tono menos dramático,
aquello que afirmaba Paul Valéry después
de la primera guerra mundial: las civilizaciones
saben que son mortales. Pero el peligro no procede
de los bárbaros o se debe únicamente
a la amenaza de una guerra. Es una debilidad más
bien constitutiva de lo que el sociólogo
Ulrich Beck ha bautizado como la sociedad del
riesgo. La fragilidad de la sociedad se traduce
en que la incertidumbre se impone sobre los destinos
individuales. Las trayectorias vitales son cada
vez más caóticas y discontinuas,
truncadas por acontecimientos perturbadores: la
emigración, la ruptura familiar, la degradación
profesional, la pérdida del empleo, la
experiencia de la precariedad, la soledadŠ
Se extiende así un sentimiento general
de incertidumbre y desprotección. Esta
precariedad general modifica el panorama en el
que los sujetos han de actuar libremente y hacer
valer su identidad. La fragilidad de las instituciones,
de los hábitos democráticos, de
la sociabilidad, de los mecanismos de integración
es cada vez más patente, de modo que el
individuo, lejos de sentirse oprimido por la civilización,
siente su deuda respecto de todas esas cosas.
Las víctimas son ahora protectores; el
imperativo emancipador es un reflejo protector.
El deber de la desalienación sólo
tenía sentido en un medio de instituciones
poderosas. Pero con entramados institucionales
débiles, los problemas del ³cuidado²
reemplazan a los de la ³alienación².
Ya no se trata de sustraerse de la influencia
de las cosas instituidas cuanto de proteger a
éstas frente a la decadencia. La visión
contemporánea del mundo tiende a desembarazarse
de aquellas concepciones que lo veían fundamentalmente
como una realidad poderosa. La ciencia ha abandonado
su rígido determinismo para manejar unas
nociones que tienen que ver con la contingencia,
como el caos, la indeterminación o el desorden.
Al ser imaginado por la metafísica tradicional
con los trazos de la estabilidad y la fuerza sucede
un ser que se muestra en la desaparición,
que no habla ya un tono perentorio. Descartes
entendía la tarea del pensador como algo
similar a la de un arquitecto, cuya tarea consiste
en fundamentar, construir y justificar. En un
horizonte de ontología débil, los
actos filosóficos fundamentales son, por
el contrario, la receptividad, la disponibilidad
y la atención. El ser ya no es el fundamento
sobre el que se edifica; no se ofrece como una
materia prima sobre la que hay que trabajar, sino
como una realidad que se desvela. Estas dos orientaciones
filosóficas corresponden a la visión
ingenieril del mundo y a la ética de la
salvaguarda. Una es de esencia prometeica y está
orientada a la construcción de sistemas
y fundamentos seguros; la otra está interesada
en cultivar la apertura teórica hacia lo
que se desvela y la sensibilidad moral hacia cuanto
nos solicita.
Como
puede verse, estos tres conceptos, tienen en común
poner de manifiesto la condición extática
del ser humano, su contingencia y vulnerabilidad.
Definen una región en la que mi manera
de hacer filosofía se encuentra como en
casa.
6.
O que há de místico na contemplação
do mundo, do homem e da arte no filósofo
Innerarity?
Creo
que la mejor figura para entender la actividad
del filósofo en la actualidad es la del
detective o espía, que es algo así
como el místico de la sociedad invisible,
el que trata de adivinar e interpretar en un mundo
de signos equívocos y realidades borrosas.
Me parece especialmente interesante hacer valer
la función del filósofo por analogía
con el trabajo de un espía o detective
que desconfía, sospecha e interpreta, una
figura que recoge lo que ha sido su tarea a través
de la historia y que resulta especialmente necesaria
en una sociedad que es cada vez más invisible.
El auténtico héroe de esta cultura
de la sospecha es el detective o el espía,
que son algo así como la encarnación
general de la sospecha. Cualquiera que pretenda
entender la realidad termina por adoptar alguna
de sus actitudes fundamentales: desconfianza,
reflexión, paciencia, examen de los detalles,
capacidad de imaginarse las cosas de otra manera...
Como sabe cualquier buen lector o espectador de
este tipo de historias, un detective necesita
tiempo para no dejarse engañar por las
falsas pistas que conectan las cosas de una manera
tan evidente que no puede ser verdadera. La falsedad
fundamental es la evidencia, lo inmediato, la
precipitación y el automatismo. La filosofía
es un combate no tanto contra el error o la mentira
como contra esa forma de autoengaño que
es la trivialidad. Estoy convencido de que la
mejor crítica social se ejerce hoy desde
la lentitud y el cultivo de la complejidad. Con
prisa, simpleza e inmediatez no se construye ningún
observatorio inteligente.
El filósofo ha sido siempre un agente de
la sospecha, alguien que pretendía ver
en la realidad algo más de lo que se muestra
o de lo que nos muestran. Sospechar consiste en
suponer que tras lo visible se esconde siempre
algo invisible, que las cosas no son transparentes
ni evidentes sino más bien oscuras e insondables
o ‹como prefiere decirse hoy en día-‹
complejas. La sospecha de que bajo la superficie
del mundo se esconde algo que escapa de la mirada
observadora y conceptual del hombre y que podría
resultarle amenazante no es por supuesto algo
nuevo. La sospecha ontológica caracteriza
todo el pensamiento filosófico a lo largo
de la historia. Esencia, sustancia, Dios, materia,
ser son algunos entre los muchos nombres de eso
otro oculto que la sospecha filosófica
supone en lo más recóndito e interior
del mundo. Desde Platón hasta Marx, Freud
y Nietzsche pasando por San Agustín y Descartes,
la filosofía ha intentado siempre conocer
y nombrar eso escondido. A grandes rasgos cabe
afirmar que mientras la ontología clásica
se preguntaba principalmente qué había
tras las manifestaciones de la naturaleza, la
filosofía en un mundo mediático
y mediado ha de preguntarse qué se esconde
tras los signos, el imaginario cultural, los mensajes
y las representaciones. Esta sería la forma
de misticismo con la que me siento identificado.
7.
O Sr. pensa em fazer literatura? Já lhe
passou pela cabeça escrever o seu Zaratrusta?
Pues
no. Me quedan todavía por hacer muchas
cosas en filosofía. Quisiera resistir en
lo posible esa tentación que le asalta
a uno cuando consigue hacer algo medianamente
bien: intentar hacer otra cosa, aunque sea mal.
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